Linterna (dos)

Suena la canción cansada, es Atilio Stampone cantando “Como aquella princesa”. Es de esos tangeros que hacen que suspire en silencio.
Intento concentrarme en lo importante, nunca en lo accesorio, me decía un amigo cuando conversábamos de la vida. Como si fuera fácil. “…solo en la ruta de mi destino…”, canta ahora Stampone. Que mierda si hasta el último trecho del cigarrillo me abandona, dejando solo cenizas en un rincón de la mesa.
La fuente de los dolores esta en la mirada.
Salgo a recorrer las calles del Barrio. Entro al pool que esta abierto cuando se pierde la idea de noche y día, ese boliche inmundo de humo y de soledades de tipos de mirada somnolienta, que intentan engañar el cuerpo, sonando las bolas contra las penas de los otros, espantando el aliento dialéctico de la soledad –siempre trae más soledad.
Miro si veo algún conocido, de esos que se reconocen de tanto abandonar las esperanzas. En la mesa del centro hay una pareja, silenciosos se juegan quizás que prenda oculta de promesas. En otra, cuatro indigentes calientan las manos en sucios tacos que se confunden con sus hambres.
Parece que la madrugada esta tranquila. Le indico al gordo regente que me prepare la de siempre, la del costado de la muralla del mural de cerveza barata. Me prepara los utensilios. Pagar por adelantado, me recuerda la clave de aquella profesional de la sombra, la Milena, la morena que llega de provincia y se pierde en el desperdicio de la ciudad.
Solo para calentar los brazos. Pienso en el olor de Milena. Mierda. Tendré que buscarla cuando termine.

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