Bergman y su Saraband

Tarde de domingo. Ciudad fantasmal. Fin de semana “largo”. Me acerco al Normandie desde el sur. Me apuro a llegar a la función de las 18:30 hrs.
Desde que me tope con Bergman –hará unos quince años- y su “Séptimo Sello” –o tal vez fue la “Flauta Mágica”, en el antiguo Normandie en la Alameda- que le sigo la huella. Recuerdo que con la Uky Jalil asistimos a cuanto ciclo encontrábamos en el circuito del cine arte de la ciudad. “El Toque”, “Fanny y Alexander”, “La mascara”, “El huevo de serpiente”, “Fresas salvajes”, etc.
Fue la Uky la que me recomendó “Linterna Mágica”, un texto de memorias del director que describe su camino personal, desde la infancia, su familia protestante –por aquí se encuentran las claves de su permanente reflexión en torno a las figuras del bien y el mal, la vida y muerte, la memoria y el olvido, y todo un universo de contrapuntos que uno podría situar en ese antecedente ético y moral-, su coqueteo con la juventud hitleriana –en un paseo de verano a Austria en la década del treinta- que le impacto de diversa forma, su vida en torno al teatro, ect.
“Saraban” es su ultima película. En los noventa ya se daba por retirado, solo producía para la televisión sueca. Y en el dos mil, cuando uno lo podría incluso tenerlo por muerto, se topa uno con una historia que es parte de la propia vida de los personajes, un ejercicio no solo de nostalgia de la memoria dormida, la que se encuentra en latencia, solo activada por el evento que se refleja desde la orilla opuesta de la cotidianidad.
Treinta años después… fue en ese lapso de tiempo “Escenas de la vida conyugal”. Ahora, en el presente, en el hoy que es parte de la aparente presencia de los gestos de seres que son la sombra de los que fue, parte del invento que se hace cada día que se recrean los “hechos”, duros e impenetrables en su “objetividad”. Y a la mierda con la recreación, con el “traer” esos eventos.
Algún constructivista dirá que los recuerdos se “inventan” cada ves que uno los “llama”. Mi amigo Pablo diría que es parte del “cuento” que cada cual se relata para sostener su constracto. Y los personajes de “Saraban” son unos especuladores que cuentan las circunstancias de su constructos, de la manera que se “dieron las cosa”.
Otra amiga, la Alejandra Silva, complementa esta mirada constructivista con el “acuerdo” de los individuos que construyen el relato. En “Saraban” ese acuerdo se hace borroso, es como un palimpsesto –como la tablilla que se borra y que se escribe sobre ella una y otra ves- y que imposibilita que el acto de cierre que busca Marianne se logre del todo.
La sarabanda –me lo cuanta la Alejandra, mi amiga que es profesora y oficia de pianista en cuanto evento le invitan, y del cual soy el padrino de su hijo, el Simón- es una parte de una pieza que contenían la musica barroca y que se incorpora como una danza. En una parte de la película Henrik le pide a su hija –muy bella por cierto- Karin que toque de Bach la “saraban” en su chelo. Es la despedida de la obstinada memoria, la que neutraliza con su representación dolorosa y maniatadora. Sospecho de la mirada de Bergman, pero no tanto como para reconocer que en su ejercicio me provoca lo suficiente como para detestar su insolente presente.

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