La rumba, la cumbia y el tiempo: Maestra Vida como escenario del cambio
El modo en cómo
evoluciona el público que acompaña, con el paso de los años, a una banda, y
cómo también las bandas cambian con su fandom, es una idea que vengo evidenciando
hace mucho.
Me refiero
al tiempo en varios sentidos, en su despliegue está la posibilidad de
reconocer nuestros propios procesos. Me di cuenta de este fenómeno después del
blackout pandémico, cuando las rutinas se pretendieron retomar, actividades que
tenían la impronta de la cotidianidad hasta el 2020, como por ejemplo salir a bailar
o ir a escuchar una banda tocar en vivo. Desde la reapertura nos dimos cuenta que
muchas costumbres habían cambiado, nosotros y nuestros requerimientos, por cierto,
y en esa evidencia también habían cambiado nuestros ciclos vitales.
Hace un par
de décadas se desarrolló una intensa actividad de bandas que circulaban por
varios recintos en Santiago: Galpón Víctor Jara, Fonda Permanente, El Clan, La
Batuta, Las Tejas, además de Maestra Vida entre algunas más. Eran estaciones de
una red donde aquellas agrupaciones mostraban la potencia de lo que se conoce
como la Nueva Cumbia Chilena (NCCh), desplegando un estilo y sonido particular,
algo que Cristóbal González describe en “Cumbia Somos” (2023) como una mezcla
de la cumbia chilena tradicional, sumado a una impronta de estética de
marginalidad y discurso político para crear una especie de “nuevo punk del
tercer mundo”. Yo agregaría a esa definición que también cuenta con el espíritu
del ska entre sus fuentes.
He sido un
observador de primera fila de ese fenómeno. En la década del 2000 todas las
bandas que estaban iniciando ese recorrido tocaban de manera regular un par de
veces al año en el local, y tuve el privilegio de conocer e identificar no solo
a los músicos, productores y staf de aquellas agrupaciones, sino que además interactuar
estrechamente con su público, la gran mayoría jóvenes veinteañeros que recorrían
ese circuito con devoción de fans, viviendo cada cual sus propias historias
personales en esos espacios de socialización, muchos entremedio de realizar sus
actividades, una mayoría estudiaban, otros trabajaban, cuantos más sobrevivían
o algunos hacían de todo aquello y más.
Chico
Trujillo, Tomo Como Rey, Juana Fe, Banda Conmoción, Chorizo Salvaje, Combo
Ginebra, Villa Cariño, Santa Feria entre otros formaban parte de esas olas de agrupaciones,
conformada por músicos que se empinaban en los 30 años, que generacionalmente coincidían
con el público que les seguían con devoción, que compraban sus discos -producidos
por sellos independientes y autoediciones, que complementaban con el videoclip
subido a la incipiente plataforma You Tube (desde 2005)-, canciones que si tenían
suerte, o la promoción de algún productor interesado, podían sonar en alguna radioemisora,
todo era en lógica de autogestión, que imponía compromiso colectivo, una mancomunión
entre los músicos y sus audiencias que permitía mantener la vigencia que se
expresaba en las tocatas, recitales que generalmente partían entresemanas en
Maestra Vida, pues eran los días en que recibíamos los shows, y los fines de
semanas continuaban en otras fiestas o escenarios.
Ese era el
hábitat de la NCCh.
Cada cierto
tiempo hay tocatas en que nos volvemos a encontrar acá en Maestra. Bandas de
esa época, los grupos y su fanaticada, y en esos ritos de reencuentro el paso
del tiempo se evidencia.
Los músicos
ya no son esos veinteañeros que querían seguir hasta las 4 de la mañana
tocando, y que luego compartían entre el público mezclando la rumba, humo y
alcohol. Pero también cambia la fanaticada, el fandom es adulto, hombres y
mujeres, algunos con hijos, responsabilidades laborales o cuerpos que les
exigen mayor cuidado, especialmente si la tocata es un martes, miércoles o jueves
(condición que no ha cambiado para las tocatas en Maestra Vida).
Hace algunos
días se presentó La Cumbia Choriza -que es la continuadora de Chorizo Salvaje-,
y que sucedió algo similar cuando en marzo se presentó Santa Feria, o unos
meses antes Camiseta 22 -que es a la vez la continuadora del trabajo de
Guachupé, en todas el contexto fue similar: público de alrededor de 40 años,
músicos con responsabilidades que les obliga a terminar las tocatas y partir a
sus hogares, algunos confidencian que al siguiente día deben atender
obligaciones domésticas, en fin, la vida adulta, con todo lo que aquello significa.
Pero puede
ser en otro rasgo que este cambio es más notorio. Primero, un comportamiento
más sosegado, menos estridente, algo que al equipo de seguridad del boliche exigía
concentración y disciplina, hoy generalmente basta con una llamada de atención
para sosegar los alardes de rebeldía; y segundo, el consumo evoluciona de la cerveza
económica a la de botella y con sabor, el coctel, el combinado y el vino.
En fin, el tiempo nos va cambiando a todos, pero lo que nunca cambia es la disposición a disfrutar la rumba y la cumbia.
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