Escatología y discurso reaccionario, nuevos derroteros
El “mal” nunca ha tenido una buena reputación en el debate de la modernidad. Utilizado como categoría descriptiva, por ejemplo, Hanna Arendt o Günther Anders lo instalaron como un vehículo para señalar críticas al programa de la modernidad y sus consecuencias. No es sino hasta este siglo que especialmente desde las derechas se comienza a infiltrar como una dimensión útil para apuntar a los antagonistas, a los portadores de una potencialidad: la maldad, discurso que ha sido especialmente utilizado en las narrativas que se despliega en el debate público.
Hace una semana utilicé una cita de Jean
Baudrillard de un ensayo sobre la Razón, que producía el mal como una
consecuencia, un antónimo que permitía explicar, desde la perspectiva crítica,
de algún modo el sentido de esta época.
No obstante, este concepto ha sido
utilizado para expresar el antagonismo ideológico del hegemón occidental. Este
se puede rastrear en la idea del “Eje del mal”, que utilizó George W. Bush en
enero de 2002 para acusar a países enemigos de EEUU y Europa: Irak, Irán y
Corea del Norte (posteriormente fueron incorporados otra media docena a la
lista), aunque el antecesor discursivo como representación binaria del enemigo,
lo podemos rastrear en 1983 con Ronald Reagan y el “imperio del mal”, la URSS.
Pero es a principios de este siglo que este adverbio se instala en el uso
recurrente de las nuevas narrativas de derecha en occidente, especialmente
desde EEUU marcada por la presencia cada vez más activa de los cristianos en
los círculos hegemónicos, un recurso pedagógico que construye sentido en el
ciudadano medio norteamericano que indica directamente al antagonista.
Revisando otras referencias de este debate,
me he ido topando con otra categoría que desde esas mismas derechas han ido
profundizando como expresión de la decadencia que se señala al mundo
progresista, y respecto de un amplio arco de símbolos, y en un sentido mucho
más explícito en figuras escatológicas: “Satanás”, el “Anticristo” y la época
por la que transitamos, según ellos, la etapa preapocalíptica.
El año 2008 se produce una profunda crisis
del capitalismo, que triza el orden mundial liberal de manera tal que esa
grieta comienza a extenderse bajo las capas sociales y políticas hasta
transformarse en un cisma que tiene en punto de colapso al Norte Global. Con el
ascenso de las nuevas tecnologías de la comunicación, algoritmos de
manipulación y posverdad logran invertir los contenidos permitiendo amplificar
discursos globales en consignas parametrizadas a cada terminal smartphone, y el
mensaje sobre el “mal” adquiere una nueva forma en la identificación del
discurso escatológico, siendo Satanás, el Anticristo y la lucha entre el bien y
el mal, una confirmación del libro del Apocalipsis, señalando la inminencia de acontecimientos
predichos. Ciertamente que este tipo de explicaciones tiene mucho más sentido
en realidades como la norteamericana, pero cada vez es más atendida por
comunidades en distintas ciudades en los países del Sur global.
En las dos administraciones de Donald
Trump, pero especialmente desde enero de 2025, este recurso propagandístico
-porque es justamente ese sentido el que tiene- se ha ampliado hasta
expresiones performáticas que impresionan. Por ejemplo, Paula White, pastora y
asesora espiritual de Trump ha denominado su rol en la agresión contra Irán
como un enfrentamiento con una “confederación demoníaca”, y el 1 de abril
comparó al mismo Trump con el magisterio de Jesús.
Pero es Peter Thiel el personaje más
destacado de toda esta ola escatológica, con elementos filofascistas que
colocan en el centro la lucha del bien y del mal como el clivaje que determina
los acontecimientos, especialmente, desde la crisis de 2008, que se potencian
con el impacto de la pandemia de COVID en 2020.
En los últimos años Thiel, que se encuentra
residiendo por algunos meses en Buenos Aires, y ha visitado Chile en las
últimas semanas reuniéndose con José Antonio Kast y Johannes Kaiser, ha
realizado una serie de conferencias en EEUU y Europa, sobre la venida del
Anticristo, el Armagedón y el libro del Apocalipsis. Identifica en diversas
personalidades progresistas, liberales o que estén de acuerdo con una agenda
vinculada a lo que denominan woke, y a pesar de que no ha
señalado explícitamente a alguna persona, se refiere a “legionarios” o “figuras
anticrísticas”, por ejemplo, la activista Greta Thunberg, el teórico crítico de
la IA Eliezer Yudkowsky, o el filósofo sueco Nick Bostrom.
El poder, influencia y recursos que posee
Thiel, con su empresa de análisis de metadatos, debiera ser por si sola una
alerta para organizaciones políticas en Chile. En lo inmediato exigir conocer
el tenor de la entrevista que tuvo con el presidente Kast, saber de qué manera
los intereses y prospecciones de negocios pueden impactar en áreas o aspectos
de la seguridad de los habitantes de Chile.
Por último, si pareciera que discursos
reaccionarios escatológicos son una tendencia que no pudieran impactar el
debate en nuestro país, o supone que se encuentra focalizado en círculos
políticos evangélicos, hace unos días se conoció una entrevista del
conferencista de ultraderecha Axel Kaiser que exponía una vinculación
absolutamente falaz de unos poemas de juventud de Karl Marx, específicamente
“El violinista”, que utilizaba formas estilísticas del romanticismo y menciona
al diablo, según el comentarista esto sería un indicio del vínculo del marxismo
con el satanismo. De momento una excentricidad, pero son indicios que deben
servir de alerta, pues estos patrones discursivos disputarán a nivel popular
nociones, y detrás de estas narrativas el poder oficial avanza en reformas,
contrarreformas y políticas regresivas para la población.


