2666, Bolaño y su geopolítica del horror
UNO. 2666 de Roberto Bolaño es para muchos lectores y críticos la mejor novela en español de este primer cuarto de siglo. Se la denomina una novela río, por el desarrollo de distintos personajes, momentos históricos, escenarios y circunstancias que avanzan como un fluido, mezclando la energía que emanan de modo aparentemente azaroso y que se dirigen a puntos en común, o terminan en orillas distantes unas de otras.
Esta obra condensa un universo creativo que fue concebida,
antes de la muerte del autor en 2003, para ser publicada en 5 libros, pero
finalmente sus herederos y editor Jorge Herralde decidieron lanzarla
en un solo tomo de más de 1100 páginas.
Quiero abordar esta obra desde dos perspectivas, que tienen
que ver con la implicancia social y política al ser una descripción de un
presente histórico, coyuntural, y a la vez de una realidad estructural que
habitamos en Latinoamérica y que tiene ecos absolutamente contingentes.
Como resumen señalar que la obra está estructurada en cinco
partes, que eran los libros de la saga que Bolaño había proyectado
originalmente, y que están unidos a una especie de MacGuffin narrativo, que
sería la maldad detrás de cientos de asesinatos de mujeres pobres que suceden
en la ciudad fronteriza -inspirada en Ciudad Juárez- del norte de Mexico “Santa
Teresa”.
Cada capítulo funciona como una muestra de personajes que se
van moviendo y acercando a ese lugar, y que expone la potencia de fenómenos
sociales que están vinculados, por un lado, con el hábitat precario de la
identidad de los latinoamericanos: pobreza, violencia, discriminación, indolencia
de las instituciones, crimen organizado, economía de subsistencia. Por otro
lado, retrata la representación del poder político, la intelectualidad del
primer mundo y la academia de países en vías de desarrollo, las asimetrías del
poder económico y los vínculos de corrupción de organizaciones criminales con
las instituciones del estado.
DOS. Basado en un fenómenos real, la
mayoría de las víctimas son mujeres jóvenes de entre 15 y 45 años que realizan actividades
en maquiladoras instaladas en medio de parques industriales emplazadas en la
frontera, con comunicaciones y vías de transporte precarias y que en este
entorno va creciendo la muerte para cientos de esas mujeres, lo que se conoció
como “las muertas de Juárez”, etiqueta que utilizó la prensa desde principios
de la década de 1990 para identificar aquellos asesinatos, de hecho de esta
etapa es que se comenzó a utilizar la denominación feminicidio, elaborado por
la académica mexicana Julia Estela Monárrez Fragoso, nativa de Ciudad Juárez,
para describir ese tipo penal específico de homicidios que está relacionado al
poder masculino machista y misógino, que en muchas ocasiones es aplicado por
hombres con algún vínculo con la víctima. Este marco de la narración salpica de
modo absoluto el relato y de pasada logra retratar el ambiente y parajes de los
personajes, siendo el capítulo “La parte de los crímenes” una especie de núcleo
etnográfico de aquellas formas de violencia, en que la indolencia de las
instituciones multiplica el castigo para las víctimas, los sobrevivientes, y
sus familias: muertes dolorosas para las víctimas; incertidumbre de no conocer
al victimario, e incompetencia o incapacidad del agente del estado para aplicar
justicia para los sobrevivientes y sus familias.
“Desconsolada, la
vecina volvió a su casa, en donde la aguardaba la otra vecina y las niñas y
durante un rato las cuatro experimentaron lo que era estar en el purgatorio,
una larga espera inerme, una espera cuya columna vertebral era el desamparo,
algo muy latinoamericano, por otra parte, una sensación familiar, algo que si
uno lo pensaba bien experimentaban todos los días, pero sin angustia, sin la
sombra de la muerte sobrevolando el barrio como una bandada de zopilotes y espesándolo
todo, trastocando la rutina de todo, poniendo todas las cosas al revés.”.
Este pasaje podría ser coherente como descripción con sentido para millones de
mujeres en cualquier paraje del continente, la sensación de desamparo por ser
pobre, de la indiferencia de una estructura social que discrimina, pero además
del Estado que las desprecia.
En otro pasaje, Bolaño se
permite sintetizar una descripción que perfectamente puede ser usada como una
definición de una criminalidad que es propia de la marginalidad, de la pobreza:
“…Y en el mes de febrero se repitió lo mismo. Las muertes habituales, sí,
las usuales, gente que empezaba festejando y terminaba matándose, muertes que
no eran cinematográficas, muertes que pertenecían al folclore pero no a la
modernidad.”.
TRES. Hay una segunda aproximación que
permite 2666 y tiene que ver con la explicación de una serie de decisiones impuestas
por EEUU que impacta hoy directamente a millones de habitantes del planeta, es
una aproximación que está más cerca de una intuición geopolítica que de la narrativa,
y Bolaño fue capaz de describir de un modo sorprendentemente preciso. Para el
desarrollo de la acción, el autor expone, como si estuviéramos leyendo una
investigación sociológica, el contexto de Santa Teresa, y logra hacer sentido vinculándolo
con el presente.
Una de las razones que ha expuesto Donald Trump a justificar
una serie de políticas proteccionistas que han impactado a diversas economías
del mundo con la imposición de aranceles -que fueron parcialmente impugnados
por la Corte Suprema de EEUU en el mes de abril-, por el reclamo de la
destrucción de la industria de manufactura. Es en las zonas fronteriza entre
Mexico y EEUU donde muchas industrias manufactureras se instalaron para mejorar
los márgenes de los empresarios al contratar mano de obra de las zonas pobres
del sur del río Bravo, que se incorporaron en ese rol a un esquema que
desindustrializó la misma economía del norte.
Es posible entender el mecanismo de globalización y desterritorialización
de las operaciones industriales, basados en una serie de tratados que funcionaron
desde la década de 1980 entre EEUU y México, y que desde 1994 se consolidan en el
Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, que incluye a Canadá) y
que según distintos analistas e historiadores operó como una palanca que desindustrializó
a EEUU, y de cuya consecuencia Trump pretende revertir con aquellos aranceles.
La muerte de esas mujeres pobres que eran la mano de obra de fracción
de costo de los empresarios -de esos mecanismos macroeconómicos que
beneficiaban los flujos de capital-, fueran víctimas de la maldad, solo un
autor como Bolaño podría lograr explicarlo de un modo tan brutal y descarnado.
CUATRO. Como bonus especulativo. En ese
mismo apartado de los “Crímenes”, en la edición Alfaguara de 2016, desde la
página 851 se describe una fiesta de un grupo de hombres poderosos, fiesta que
se realiza en una finca en medio del desierto en que participan mujeres jóvenes
que son traficadas desde DF y de otras localidades. Cuando se leen los detalles
de esa actividad es imposible no cruzarlo con las noticias que surgen sobre los
horrores que se cometieron en el rancho del criminal, amigo cercano del
presidente Trump, Jeffrey Epstein, ubicado en Nuevo Mexico (a 100 kilómetros de
Ciudad Juárez).
Es obvio que Bolaño no tenía como conocer ni proyectar algún vínculo
de alguna naturaleza, solo podemos suponer que este escritor tenía una sensibilidad
para percibir los pliegues de la maldad humana, casi exclusivamente masculina,
en ese entorno de frontera y retrató los horrores del poder más oscuro.


