La Jornada

A veces escucho la soledad. Suena el teléfono y despierta mi curiosidad. Será que ya es hora de partir, de juntar todos los pasos acumulados en estas horas. Miro el reloj de mi muñeca, con cansado ánimo de lo trivial. No, aún debo esperar un poco.
Un segundo ring, está muy fuerte. Tal vez tendría que bajar el volumen, pienso, mientras suena nuevamente. Ya no importa, es la última estadía en este lugar. Miro alrededor, busco algún objeto que pudiera delatar mi presencia. Parece todo “limpio”. Levanto el auricular. Bien, contesto y cuelgo. Es la hora, digo mientras me ausento de cualquier otro pensamiento y comienzo a actuar mecánicamente, como tantas veces lo he hecho desde que estoy en el “trabajo”. Supongo que es así porque uno se vuelve monótono, pierde algo de la emoción de los primeros eventos que atendía. Hace cuánto que estoy en esto.
Recuerdo que mi maestro siempre me advertía que contra lo único que se debe pelear en nuestro “oficio”, lo decía haciendo un sinónimo de “arte”, es contra las críticas sin fundamento de los que no han hecho nuestra labor y contra la monotonía. Y en este punto de la jornada siento un profundo tedio. Creo que hablaré con el terapeuta que trabaja para el sindicato, dicen que es muy bueno para escuchar y receta normalmente vacaciones. No me vendría mal una semana de descanso.
Levanto el cuerpo. Para no seguir ausente se me ocurre mirar la ficha: Nombre: Pedro… / Edad: 34 años / Causa: asfixia. Me pregunto que habrá hecho este desgraciado para que lo hayan puesto en la lista. Puede que sea simplemente el equilibrio natural de la vida.
Terminé. Suspiro y miro el cuerpo pálido, doblado con expresión de desesperación, el ahogo debe ser una muerte difícil. Qué gente lo llorará. Habrá alguna amante, mujer, hijos, amigos que lo acompañarán. O será como esos seres solitarios, tan habituales en el último siglo que viven y mueren solos en sus sofisticadas cuevas de cemento. El obituario dirá que ha fallecido nuestro estimado, querido, entrañable. Los acreedores se regocijarán porque podrán cobrar sus pólizas. Su jefe lo sentirá porque tendrá que buscar un reemplazante para terminar su tarea incompleta. Una amante lamentará no tenerle cuando desee compañía en esas tarde frías de invierno, o los soleados almuerzos en la costa estivales. Y al final de las semanas todo seguirá igual, que es lo que normalmente sucede. ¿Alguien lo lamentará?
Bueno Pedro, ahora es cuando realmente sabremos si has dejado algo en este mundo.
Me pregunto si ya no estaré perdiendo el gusto por mi trabajo…
Pienso definitivamente que escucharé a Charlie Parker en el bar de la esquina, estrena una nueva versión de Lead the Way.

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