Un alto al fuego no es el término de una guerra

Un alto al fuego no es el término de una guerra. El ejemplo más significativo de este estado de cosas es lo que acontece con la península de Corea, que desde el armisticio de julio de 1953 la guerra en términos formales nunca ha cesado. La idea de un alto al fuego es eso, es un paréntesis en que las partes beligerantes dan espacio a negociar, rescatar a los muertos y heridos, buscar vías de salida. Traigo esta referencia solo para exponer que muchas cosas pueden suceder desde este punto, pues existen intereses cruzados entre las partes que están enfrentadas, la coalición sionista-norteamericana, por un lado, e Irán por el otro, y que en cualquier punto pueden caer.

Desde la madrugada del 8 de abril, ha existido una declaración entre EEUU e Irán en la dirección de pausar los ataques, asoma más como un respiro para entender de qué modo ha cambiado el mundo en estos 39 días de enfrentamientos, y que en todo caso se ve más como una derrota escandalosa de la coalición atacante.

La guerra se da en una cisura histórica particular: la crisis social, política y económica que afecta a EEUU. Sus indicadores de desarrollo humano la sitúan en la parte baja de los países del OCDE, especialmente en pobreza y lo que Anne Case y Angus Deaton señalan como el alarmante predominio de muertes por desesperación, fallecimientos por sobredosis de drogas y suicidios, de la generación de entre 25 y 45 años de edad, es un hecho que presiona cualquier pretensión imperial de EEUU. Algo de este mismo coctel de elementos lo vive todo occidente, y por lo mismo se habla de la crisis del norte global.

Pero además EEUU, que nunca ha destacado como la sólida democracia que ha pretendido su élite, según Democracy Report 2026 (V-Dem Institute de la Universidad de Gotemburgo), ha descrito que el deterioro de su sistema democrático a descendido al nivel de la década de 1970, deterioro que le ha significado perder la categoría, de por si pretensiosa y excesiva, de “democracia liberal”, lo que la acerca a una autocracia.

Este contexto singular se da en una coincidencia histórica de decadencia de los imperios. The Economist en su editorial del 4 de abril señalaba sobre la beligerancia del país del norte como signo de su estado actual: “Al igual que Gran Bretaña en el siglo XIX, su formidable demostración de fuerza militar contrasta con su falta de propósito y moderación…”.

Distintos analistas han coincidido en dos planos sobre el alto al fuego, y que tiene que ver con los intereses que invoca el bando agresor. EEUU ha declarado diversos motivos para atacar, desde la eliminación de un programa de energía nuclear para uso militar (que los persas han negado desde siempre), además de limitar la fabricación de misiles y drones, hasta la expulsión del régimen de los ayatolás. Finalmente, y por efecto de la decidida resistencia iraní, el único logro que puede señalar con certeza es la apertura del estrecho de Ormuz -que hasta el 27 de febrero no tenía ninguna restricción. Todo esto hace recordar esa idea que hay personajes que crean los problemas para encontrar una solución.

Para el caso de Israel, la otra llave de la coalición habría claramente varios motivos para empujar los ataques. Digamos que el aprendizaje que recogieron los invasores sionistas del genocidio en Gaza, permitió abrir la puerta para evidenciar su proyecto expansionista conocido como “Eretz Israel” (Tierra de Israel), que se funda en un pasaje del Génesis 15:18 en que Dios le promete a la descendencia de Abram desde el río Nilo hasta el río Éufrates. Este territorio actualmente es compuesto por 6 países, como Siria, Jordania o Líbano. Esta idea es la que mueve a la ultraderecha israelí en el poder.

Otro de los objetivos, a mediano plazo, es la consolidación del anhelado proyecto llamado “Oleoducto Trans-Israel” (en 2020 tuvo un capítulo en los Acuerdos de Abraham entre Israel y los países árabes del golfo) que sería la vía de salida del combustible hacia las costas mediterráneas y desde ahí a occidente, de este modo se evitaba el tránsito por el Golfo Pérsico. 

Pero además existen objetivos personales. El impacto de las beligerancias incide en el liderazgo de Netanyahu, acusado desde antes de este conflicto por imputaciones de corrupción, y en este punto de modo similar al de Trump, el éxito de la guerra es la posibilidad de sobrevivir a las consecuencias políticas de la derrota.

Pero no podemos perder de vista como nudo en esta trama que nos tiene al borde de una crisis económica catastrófica para millones de habitantes del mundo, es la operación con la que se ha dicho, Israel presiona a parte de la élite norteamericana, y en especial a Trump: los archivos Epstein. Incluso detrás de aquellas tropelías inmundas, está la red de control que el lobby sionista mantienen, transversalmente, sobre el poder estadounidense, para mantener los ataques inspirados en la urgencia de acabar con los persas como los principales adversarios de todos los planes de hegemonía y control que tienen sobre ese territorio de oriente medio. 

Este periodo abre un nuevo mundo, en el que el más fuerte tiene la preminencia, algo que en todo caso ha sido el signo de las relaciones norte-sur, pero que en este nuevo contexto se instala con tal cinismo que es difícil de justificar de otro modo a como lo señaló el 9 de marzo la presidente de la Comición Europea Ursula Von der Leyen, respecto del papel del continente en la guerra: “Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido”.




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