Un partido de fútbol que salvó a un argentino, una historia
Es una pasión de multitudes. Deben ser pocos los lugares en el mundo en que el fútbol no genere atención, al menos en cada rincón existen aficionados que siguen o juegan partidos: algún torneo local, nacional o copa internacional, en cada localidad se disputan identidades de barrio, de una región o de un país, y entremedio de tanta energía siempre se esconden historias dignas de aquella pasión.
Por ejemplo, la disputa entre las selecciones de Argentina y Chile,
un enfrentamiento deportivo de larga data, describen algunos comentaristas, sería
la manifestación de una rivalidad limítrofe que externaliza vínculos
pasivo-agresivo, que se despliega dejando espacio para que esos encuentros
tengan una significación singular.
Hacia el 2008, Chile vivía un proceso social y político de
ascendente agitación y movilización social. Era el primer gobierno de Bachelet,
el 2006 se había producido la revolución pingüina y por los medios de
comunicación se difundían -de modo sensacionalista- distintas manifestaciones
antisistema que por la vía del sabotaje u otras expresiones de desprecio a símbolos
autoritarios, se mostraban, especialmente, colectivos o militantes ácratas.
Ese era el contexto en que un joven argentino, de 20 años , de
visita a este lado de la cordillera, un anarquista de las corrientes
insurreccionales pretendió regalar un acto que mostrara el rechazo a las instituciones
del estado y de la iglesia, pilares del control social sobre los individuos, un
verdadero militante del anarquismo anticapitalista, mucho antes que adherentes
reaccionarios de ultraderecha usurparan aquella centenaria denominación de
luchas obreras como propias, todo para que en 100 años más aparezca algún iluminado
con pretensiones de intelectual afirmando que anarquismo y neoliberalismo son una
misma ideología.
Esa convicción llevó a aquel joven a imaginar el acto de
hacer arder alguna de esas expresiones del poder autoritario y se fijó en un
templo católico del barrio alto, estaba sin feligreses, cerrado por un enrejado
de fierro, una mole de cemento que algún arquitecto le dio un toque de
brutalismo al hormigón armado, una especie de fría representación del poder
espiritual, poder económico e impersonalidad constructiva. El ignoto ácrata utilizó
una bomba tipo molotov, un artefacto de fácil fabricación y utilización, pero
que para que surta algún efecto, por ejemplo provocar un incendio, el templo que
eligió estaba antecedido de una explanada de cemento por lo que al lanzar el
artefacto, su impacto se disolvió casi en el instante de esa húmeda tarde de
primavera, y con la peor suerte, justo pasaba por el sector una patrulla
municipal que alertó a la policía que de manera eficiente, propio de barrios de
altos estándares, logró atrapar al saboteador casi al instante.
Lejos de aquellos hechos, otro hombre joven, Fabian Orellana
debutaba en la selección chilena adulta en junio de 2008, bajo el mando de
Marcelo Bielsa. Fue el proceso que inició el camino a lo que se ha conocido
como la “generación dorada”, un grupo de talentosos jugadores que lograron una
serie de hitos para la gloria del fútbol chileno, y dentro de las etapas que
acompañaron ese camino que los llevaron al mundial de Sudáfrica, debían superar
un rival histórico: la selección de Argentina en el Estadio Nacional, encuentro
fechado el 15 de octubre.
Los hechos avanzaban de forma paralela, el joven anarquista soportaba
los trámites procesales, su detención fue controlada por el 7° Juzgado de
Garantía y fue decretada su prisión preventiva mientras el Ministerio Público seguía
con la investigación. El lugar de la medida cautelar: Establecimiento
Penitenciario Santiago Uno, una cárcel concesionada que recién llevaba 1 año de
funcionamiento, con capacidad para 4000 internos, que en ese momento iba
rápidamente a cumplir su aforo total, pero que en octubre aún permitía zonas
segregadas para primerizos.
En los recintos penales, como en cualquier lugar, un partido
de fútbol como el que se ofrecía enfrentar a Argentina y Chile generaba
expectación, era la posibilidad de cumplir con la meta de llegar al mundial, y
dentro de la cultura futbolera un empate sería un resultado aceptable pensando
en la historia: 94 años de partidos oficiales, todos habían sido favorables a
los argentinos, o la igualdad como resultado óptimo para la selección nacional.
Rápidamente se difundió la noticia que había un argentino
cumpliendo prisión preventiva, en los días previos comenzaron las hostilidades
o abiertas amenazas contra el prisionero: “así que voh soy el argentino, por
cada gol que anoten, una puñalada…”. De nada servía balbucear algún argumento, que
lo suyo no era el fútbol, que es, lo pensaba con convicción, al igual que las
iglesias, el opio de los pueblos, los internos solo veían a un representante del
antagonista nacional, el desafío colectivo que se arrastraba por casi un siglo
de resultados adversos. Los gendarmes, por otro lado, habían evaluado la
situación y lo mantuvieron en aislamiento lo más que se pudo, pero era cuestión
de tiempo que en algún momento hubiera contacto con aquellos internos que prometían
un castigo más injusto que la propia justicia de clases.
Ese miércoles 15 de octubre se conocían fuertes caídas en las
bolsas de valores en el mundo por efecto de la crisis económica que se sentía
desde hacía algunos meses en EEUU, pero la preocupación general en Chile estaba
en aquel partido, un Estadio Nacional repleto de hinchas que alentaban aquella selección
dirigida por Bielsa. A 20 kilómetros de ahí, el argentino había sido aislado en
una zona segregada mientras todos los que tuvieran algún aparato de radio
seguía los detalles del encuentro. Desde los módulos y galería solo salían
alaridos y amenazas, el muchacho sentía la presión y la incertidumbre: el
triunfo probable de la selección argentina significaría alguna agresión física,
sino algo peor, o en el mejor de los casos el empate, talvez con ese resultado la
posibilidad de que bajara la tensión. La presión se sentía alrededor como una bocanada,
el halito agitado del agresor, los gendarmes también preocupados en el partido seguían
las incidencias del encuentro desde unos televisores encendidos en sus
dependencias, el desenlace implicaba una crisis en ese entorno.
Partió el juego, el estadio embravecido alentando a la
selección nacional, y un sector separado para la hinchada visitante que apoyaba
a su escuadra. El primer tiempo avanzó rápidamente hasta cubrir la media hora,
y desde este instante se dan una serie de ataques y contraataques hasta el
minuto 35, en el área rival, asistencia de Gari Medel y el milagro, gol de
Fabian Orellana, el poeta marcando aquel tanto que quedó anotado en los anales
por la posibilidad de cerrar una estadística centenaria. En la cárcel se sintió
como un alarido en una caja de resonancia, el muchacho no entendía qué estaba
pasando hasta que un custodio le lanza: argentino de mierda, está ganando Chile,
weón te estás salvando.
Llegó la mitad del partido, mientras el argentino caminaba en
el pequeño patio en el que estaba custodiado. Comienza el segundo tiempo, cada
minuto se siente como la extensión de una suerte que se arranca o se confirma,
los gritos ante el contraataque, o los goles que no entran en cada uno de los arcos
son puntazos de un estoque que pica la piel, mientras piensa en algo así como
el destino y sus familiares al otro lado de la cordillera. Los 45 minutos se hacen
eternos, los minutos de descuentos y el pitazo final: la selección chilena gana
1 a 0 a Argentina.
Ese gol histórico no solo fue un aliento para un pueblo, para
la generación dorada, sino que fue la llave que permitió salvar a una persona.
El argentino cumplió un par de meses de prisión preventiva,
en el penal desarrolló una serie de talleres en beneficio de otros internos,
cosas de manualidades que dejaron un buen recuerdo de su pasada por el penal.
Finalmente fue expulsado del país sin posibilidad de retornar por 10 años.


