Rumba Chica

I
Las cuatro de la mañana. Ya ha pasado la frontera natural del tiempo, la marca que señala la decadencia del fin de la jornada, las patas de cueca, una tradición que se ha mantenido por años y que proviene desde la fundación, desde el tiempo en blanco y negro, donde el color eran destellos que contenían la esperanza de fines de dictadura.
Roberto, Francisca, Félix, Daniela y todos los habitantes saben que significa la cueca, tienen internalizados, cual niños condicionados al sonido de una campana, el fin del recreo, que deben aprovechar los últimas canciones de la noche, la salsa que pone fin a la jornada.
Siempre atento a este momento, el sujeto impertinente de la puerta, enciende las luces de día, unas ampolletas impropias para las sombras que han gobernado las siete horas de libertad, descubren los rincones conquistados, las conversaciones, las últimas chances para preguntar el número de teléfono, o mejor aún concertar un encuentro para la próxima jornada. Son las negociaciones que pueden cambiar la vida, o simplemente reconocer en el otro las faltas, los vacíos de cada cual.
De pronto como un tedio roto por un rumor, una consigna conocida por unos pocos, impulsando al resto a repetir aquella señal. Tac, tac, tac, tiempo, tac, tac. Las palmas de Roberto, repitiendo la clave, la base rítmica que permite todo el barullo, el desorden, la vida. Le siguen Carlos, Ana Luisa, Natacha y todos los que pueden tener alguna idea vaga de que significa todo aquello. Casi al unísono del palmar de manos, Roberto comienza a vocear una frase, una consigna, una petición de alguna naturaleza difusa, un derecho adquirido y que se niega a desaparecer por ser tal. “Rumba chica” es la señal. Y un coro de voces repite.

II
En otro tiempo, cuando la aventura era un incesante juego que de noche a noche se construían caminos, y luego costumbres y cuando los lugares maduran, se vuelven tradiciones, amarrando con su lenguaje de símbolos y validades los jornadas, en algún momento la noche se hacía corta, un suspiro que no alcanzaba a un destellar de tiempo, la fiesta podía prolongarse unas horas, alargando la sombra brillante de la rumba, y como un espejismo misterioso, un túnel que traslada al día, desde la luz clara del baile a la luz gris del día de la ciudad muchas veces contaminada. Ese paso se llamaba “Rumba Chica”, un ejercicio de libertad en que los indicados por la vara de la circunstancia elegía a los propicios, los que llegaban primeros y se resistían a dejar el jardín oculto, los que vivían para el fin de semana.
En ese tiempo, una transición intentaba consolidarse en el país, la sociedad y la autoridad estaban embrujados por el sueño de la libertad, el relajo de los limites de horario permitía romper reglas, en fin, tantos años sin fiesta, había que colocar al día las noches sin rumba.
La mecánica de selección era bastante antojadiza. Los amigos del Charly, generalmente los más bulliciosos. Luego los amigos del personal, los clientes más fieles. Y por supuesto los trabajadores. Algo para el masticar, podía ser la empanada o el pedazo de carne de los carros que circundaban el ruidoso boliche.
Se bajaba la cortina y la fiesta a continuación tenía un sentido transversal. Los bebestibles eran pagados, generalmente, por todos los presentes y era el autoservicio la norma. La cabina del Dj quedaba a disposición de los presentes, cada cual programaba uno o dos canciones que iban animando el jolgorio.
Cuando la luz del día cubría todo con su manto de tierna desdicha, los rumberos eternos se batían en retirada, solos, en grupo, o abrazando a ella o él elegido para seguir descubriendo. Pero todo eso es otra historia.
Finalmente, las restricciones legales, la represión atenta de las costumbres que se salen de las buenas costumbres fueron limitando estos espacios hasta extinguirlos en una seguidilla de partes y citaciones a tribunales.
A principios de la década se realizaron las últimas rumbas chicas, que junto con la proliferación de otros espacios, los “after” y clandestinos, reunían a los que no querían regresar. Pero esa también es otra historia.
Así que ya saben que, cuando escuchen la clave, cuando suena la última seña, y se escuche el ahogado llamado de la voz ronca de un parroquiano “Rumba Chica” es el grito de guerra de un tiempo que ya fue.

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