Resistencia, propuesta y avance desde la crisis del capitalismo
¿Cómo se resiste, en esta tesitura histórica, la mayor escalada reaccionaria que hemos enfrentado en lo que va de este siglo, una ola intensa especialmente en nuestro continente, y además con el desafío de presentar un proyecto que sea alternativa para las demandas sociales de millones de habitantes que están bajo alguna administración de derechas?
En Latinoamérica aproximadamente 320 millones de personas están
gobernados por movimientos políticos progresistas, entre ellos México; otros 340
millones están bajo la gestión de administraciones de derechas.
Brasil en octubre define presidente, y aunque las encuestas están
más o menos ajustadas, Lula lleva ventaja que debiera consolidarse en estos
meses de campaña y mantener el mandato, si es que alguno de los mecanismos de
intervención y manipulación que se han denunciado, orquestados desde EEUU,
logran torcer aquella trayectoria. Motivos de preocupación no faltan.
El denominado “Hondurasgate” dejó una muestra concreta de la
perversidad de los actores de las derechas para botar cualquier esfuerzo
progresista o de izquierda, también con operaciones de campañas cibernéticas generadas
por agentes como Fernando Cerimedo y sus granjas de bots, caído en desgracia, pero
que muestran que existe una campaña en marcha.
Tucídides expuso una idea que pudiera describir nuestra situación
de naciones al sur de la potencia imperial: “Los fuertes hacen lo que pueden y
los débiles sufren lo que deben”. Las señales de esta asimétrica realidad se
ven por doquier, y se manifiesta de modo brutal. Pete Hegseth, el fanático cristiano
de ultraderecha ministro de Guerra de EEUU, declaró hace unas semanas en
Panamá: “La administración Trump sabe que un patio trasero más seguro significa
un hogar más seguro”. La expresión decimonónica, la doctrina Monroe -que hemos
analizado profusamente en otras columnas-, porta la evidencia de la arrogancia
imperialista, hoy es usada sin contornos diplomáticos que tuvo en otras épocas
para esconder algo que siempre ha estado en las relaciones continentales: EEUU se
concibe como la potencia hegemónica en este hemisferio.
Esta etapa histórica expone elementos que exceden lo regional,
por cierto, que está inserto en un gran movimiento de placas a nivel geopolítico:
la crisis del capitalismo globalizado neoliberal, y en ese marco, la guerra
civil mundial, idea que sintetiza Maurizio Lazzarato, “La guerra no es la
interrupción de las luchas de clase, sino su continuación bajo otras formas”.
Álvaro García Linera publicó en Revista Antagon un análisis
que ordena esas fuerzas que trastornan la realidad de las últimas 3 décadas. Habla
de un “tiempo de incertidumbre planetaria” que se inicia hace una década (Luiz
Moniz Bandeira señaló en su momento esa crisis desde el 2008), y que debiera
estabilizarse, dentro de su declive, por lo menos en un par de décadas, proceso
que se caracteriza por 4 ideas fuerza:
i)
Fortalecimiento del estatismo, en que las
potencias mundiales robustecen el papel del estado como “cogestores de los
mercados” delimitando, en el ámbito geopolítico, “áreas de influencia, protectorado
y mercados cautivos”, compitiendo por el liderazgo mundial entre EEUU y China.
En esta disputa China tiene la ventaja política que nunca abandonó el
“estatismo y la economía planificada;
ii)
Industrialización (o reindustrialización estatal
según corresponda) usando “subvenciones directas, créditos baratos,
inyecciones de capital y reducción de impuestos, a fin de impulsar determinadas
industrias -estatales o privadas- consideradas estratégicas o de “seguridad
nacional”;
iii) Cadenas
de valor regionalizadas y globalismo selectivo. “el mundo comercial comienza
a fragmentarse en regiones “amistosas” en las que tienden a concentrarse las
mayores y más importantes cadenas de valor de las economías más grandes”;
iv)
Concentración del poder estatal en el Poder
Ejecutivo, es “la disponibilidad social, en tiempos de crisis, de gobiernos
fuertes capaces de tomar y ejecutar rápidamente decisiones consideradas
necesarias para “salvar” al país”.
En lo central, García Linera permite
encauzar elementos de una crisis de múltiples dimensiones, pero que en lo
sustancial se puede centrar en la crisis del capitalismo globalizado neoliberal,
y aunque parece perspicaz la afirmación popular “Es más fácil imaginar el
fin del mundo que el fin del capitalismo”, lo cierto es que hoy existe un consenso
crítico de que asistimos al colapso de una época, pero después de esta debemos imaginar
qué es lo que vendrá. Este es el momento generacional que funciona aquella
célebre frase de Antonio Gramsci “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en
aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.
La pregunta que encabeza esta
columna contiene dos partes, sobre la resistencia, y luego sobre un proyecto.
Una de las dificultades para responder este elemento principal es la tentación
de quedarse en el juego institucional, en la elección cíclica y la caricatura
del “péndulo electoral”. En muchos momentos el contrapunto entre derecha e izquierda
parece un juego de máscaras, no hay cambios sustanciales que permitan proyectos
de transformación.
Hoy se admira la experiencia de
los “Socialistas Demócratas de América” en EEUU como ejemplo de política desde
la base, desde el barrio con modelos de disputa política como los de Zohran
Mamdani en la ciudad de Nueva York, ejemplos que suenan a épica desde las fauces
del imperio, pero en nuestras realidades del sur el disputar el poder desde los
barrios fue el modo de ganar espacios por gran parte del siglo XX, fue desde la
década de 1990 que esa experiencia se comenzó a diluir con el discurso
tecnocrático de militantes y activistas coaptados por el estado que dejaron de activar
desde la base.
Un proyecto, eso será tan
indispensable como un diagnóstico que permita entender esta etapa histórica, de
eso dependerá poder resistir esta ola y presentar alternativas de transformación
disputando el poder.


