Lluvia y frío, invierno del presente con rima del pasado
I.- Un invierno que parece como los de antes, la lluvia es intensa y el frio se puede sentir en los huesos. Pero es probable que sea del tipo de estación que advierten los expertos: anormal e irregular, incluso voluble, de aquellos ciclos que se manifiestan a destiempo, cuando debía terminar, recién comienza.
Las estaciones del año son temas
recurrentes en este blog. Llevo escribiendo hace más de 20 años y siento que lo
único que se mantiene constante en estas décadas es hablar de sensaciones
térmicas, ciclos metereológicos que están en las antípodas: invierno y verano,
frío y calor, y entre esas dos orillas situar experiencias que suenan
absolutas, pero la verdad es que esos expertos, señalan que nada de lo que
experimentamos tiene sentido, pues lo que estamos transitando es por un cambio profundo,
casi geológico en que la alteración respecto de las experiencias del pasado es
lo que prevalece.
Esta dinámica está atrapada, por
cierto, por la percepción humana que nos marca desde la inmediatez. Resulta que,
hasta junio de este año, este invierno había sido uno de los más secos de las
últimas décadas, pero avanzamos a la segunda quincena de julio y todo lo que se
asumía como una mala estación se revirtió de modo dramático con casi 140 mm de
agua en cosa de una semana, o sea la precipitación que debía caer en un par de
meses cayó en días.
Se ha pronosticado (porque de
esto trata la meteorología, de probabilidades) que este será un año lluvioso, por
lo que se llama “efecto del niño potenciado”, o se usan otras expresiones hiperbólicas
como “niño Godzilla”, “súper niño” o algo por el estilo. Esta referencia, la
corriente del “niño”, tiene su origen en una expresión popular de pescadores del
entorno del Pacífico ecuatorial que percibían el aumento de la temperatura del
mar que se daba hacia diciembre, por lo que lo asociaron a la visita del “niño Jesús”.
Esa fluctuación afectaba la pesca, pues debían buscar mucho más al sur los
peces, en aguas más frías. Esta vez el aumento de temperatura se inició casi
medio año antes, y durará hasta avanzado el 2027 modificando patrones meteorológicos.
Es significativo que reflexionar
sobre eventos climatológicos permita derivar en la constatación de la fragilidad
de la memoria. Sorprende que estemos tan atrapados por el presente, que debamos
hacer un esfuerzo para no caer en esas afirmaciones taxativas: “qué invierno
más lluvioso, como los de antes”. Declarar aquello es asumir una inconsistencia,
pues este no es un clima como los de antes, aunque muchas veces resuena en el
recuerdo.
II.- A principios de los 80
vivíamos con mi madre y mis hermanos en una humilde vivienda, una mediagua de
madera de dos ambientes, con techo de zinc. Era junio de 1982 y en 4 días
cayeron 124 mm, para una ciudad como Santiago, que crecía desordenadamente implicó
anegamientos significativos con el desborde del río Mapocho como gran hito.
Después, ante la ausencia del estado, coaptado por la dictadura civil-militar
que estaba más preocupada por sobrevivir la crisis que impactaba por todos
lados, vino la acción “solidaria” de Don Francisco -el animador sionista de la
entretención televisada, cómplice pasivo del horror que se sentía en ese
régimen, que acompañaba cada fin de semana millones de hogares en el país- para
reunir muchas toneladas de “ayuda” y llegar a los albergues para distribuirla.
Ese periodo lo recuerdo con los ojos de niño que veía en el televisor en blanco
y negro la inminencia de la crecida, y luego la campaña solidaria, aquello era
parte de mis inviernos.
Tengo la sensación que en esa
época, el frío y la lluvia se combatían con voluntad, no había espacio para la contemplación,
había una cierta coincidencia con la historia en la que estábamos insertos:
frío y gris. Éramos una familia de suplementeros a los que el invierno golpeaba
como si fuera un castigo, era nuestro enemigo de la actividad con la que
vivíamos, un oficio que administraba mi madre, preocupada de que esas jornadas
no nos afectaran más de lo que las propias condiciones materiales y de la
naturaleza imponían.
Recuerdo con especial cariño el
momento del brasero encendido en el quiosco, el termo con té y los sanguches de
mortadela o el pan con miel. Ese era un apreciado momento de resguardo ante la
inclemencia, la felicidad de estar juntos, mis hermanos y la gran madre cuidando
a esos retoños de seres humanos.
El neurólogo francés Boris
Cyrulnik, explicaba alguna vez que el concepto “resiliencia”, que él ayudó a
desarrollar, se basa en la experiencia de los agricultores que observaban el
ciclo vital de flores en periodos de temperaturas extremas, en caso del calor
se cierran así mismas para evitar la evaporación de la humedad, y si el evento recrudecía,
para protegerse despliegan espinas, esa transformación es la descripción de
resiliencia. El salto desde la adversidad, dice la teoría, permite resultados
generalmente positivos. Nosotros en ese capullo, protegidos podríamos imaginar
el futuro como una suma de experiencias limitadas por ese entorno, el resultado,
a riesgo de sonar autocomplaciente, fue resiliente.
Ahora se sienten los signos de la
temporada: lluvia intensa y frío polar de un invierno que partió tarde, y se
cruza esta experiencia temporal, circunstancial que los meteorólogos
señalan, novedosamente distinto, aunque rime con el pasado.


