Decrecimiento poblacional, una crisis que requiere reflexiones
Hace unas semanas se dio a conocer, por parte del
Instituto Nacional de Estadística el resultado de nacimientos inscritos el año
2023 en Chile, informe que señala que en los doce últimos meses se inscribieron
173.920 nacimiento transformándolo en el ciclo de menores inscripciones en la
última década, y proporcionalmente, en la más baja desde que existen
estadísticas.
La preocupación sobre el impacto del decrecimiento
de la población está instalada, como preocupación no solo de demógrafos, sino
también de otras disciplinas sociales desde hace al menos la década de 1950,
época en que tuvo un papel central las reflexiones del demógrafo australiano
John Caldwell quien en extenso trabajo de campo describió una serie de
fenómenos relacionados con el efecto de la fecundidad y la decisión de las
personas para tener más o menos hijos. Probablemente uno de sus instrumentos metodológicos
más destacados sea en torno a la “Teoría de Flujos de Riqueza” que es la forma
en que las personas toman la decisión para tener o no hijos, y señala que es
una que implica un análisis de costos económicos, y de las distintas fuentes
que se pueden encontrar sobre este fenómenos se repiten, en distintas
realidades, las consideraciones materiales (costos asociados a la manutención,
educación, salud, lucro cesante, además de las consideraciones políticas en
torno al proyecto de vida de las madres y su papel en el nacimiento y crianza
de un hijo).
El paradigma que ha imperado en casi todo el siglo
XX sobre los fenómenos demográficos es la teoría “Transición Demográfica” que
explicaba el paso, en la sociedad industrial capitalista, de alta natalidad y
mortalidad de niños y niñas, a lo que sucedió desde la mitad del siglo, en que
progresivamente comienza un descenso de la tasa de fecundidad de los países,
contexto que se explica por una sumatoria de factores que van desde esfuerzos
globales por moderar el crecimiento de población, a políticas públicas de
salubridad como es el acceso de métodos anticonceptivos y de planificación
familiar. Pero al parecer este instrumento no está logrando dar una explicación
coherente a lo que está comenzando a vivir la humanidad y que inevitablemente
nos llevará a otro tipo de crisis.
El contrapunto entre el modelo clásico de
Transición demográfica, y el desarrollado por John Caldwell viene al caso por
cuanto este último logra apuntar algo que es cada vez más notorio, la
posibilidad de tener o no hijos es en base a elementos materiales,
consideraciones racionales fundadas en la perspectiva histórica: en momento de
incertidumbres globales y locales ¿es justo seguir poblando el planeta?
Nadav Eyal en su libro Revuelta (2022), analiza el
impacto del fenómeno del decrecimiento de la población mundial en una
perspectiva de conflictos globales jalonados por las cuestiones de las
expectativas de desarrollo económica, de distintas realidades regionales,
mostrando el dramático descenso de la tasa de fecundidad que hace peligrar los
sistemas sociales de manera significativa.
La tasa de fertilidad de cualquier nación debe ser
de 2,1 hijo por mujer. A este coeficiente se le conoce como “tasa de
reemplazo”. La razón de este índice es que para que la población se mantenga
estable y crezca el mínimo para sostener una variante en positivo, descontando
factores como la fecundidad, mortalidad y otras consideraciones es de 2,1.
Cuando es menor a esta se proyectan una serie de afecciones en plazos que
pueden sumar varias décadas pero que es inevitable, como por ejemplo el
envejecimiento de la población, cambiando una serie de estructuras sociales,
requiriendo nuevos esfuerzos de políticas públicas enfocadas en esa nueva
realidad.
Eyal describe, por ejemplo, lo que sucede en Japón
que tiene una tasa de reemplazo de 1,3 -al igual de la que se informó el INE-
lo que implicado un cambio radical en algunas regiones del país oriental, que
van del vacío de pueblos, a situaciones culturales como la soledad de miles de
ancianos que no tienen redes que los acompañen y asistan. De hecho este
fenómeno particular ha sido denominado como “baby bust” como aquel
descensos sostenido de nacimientos que impacta, especialmente, en las
sociedades desarrolladas.
Un aspecto singular de este fenómeno está siendo el
impacto, y la necesidad, de la migración para responder a requerimientos de
asistencia y labores de distinta calificación de las sociedades envejecidas.
Además, que la misma subsistencia de la condición de una comunidad nacional se
torna compleja, y debe serlo en especial para quienes provienen de matrices
ideológicas nacionalistas o localistas, la fuerza de los hechos muestra que una
de las maneras para contrarrestar el efecto adverso del decrecimiento poblacional
es incentivando la migración.
Es cierto que estos mecanismos requieran marcos
normativos, políticas públicas que se hagan cargo en el mediano plazo de los
flujos, además de que aquellos que se allegan como migrantes a los países con
decrecimiento no sean tratados como “mano de obra barata”, reduciendo su propia
condición a simple fuerza de trabajo subvalorada.
Estas mismas cuestiones nos acercan a esas
perspectivas de crisis distópicas que se muestran en la cultura popular, el
despoblamiento y la dificultad de convivir con aquella realidad, pensando que
este fenómeno se acentuara a nivel global, solo África y algunas regiones de
Asia mantienen tasas de fecundidad sobre 2,1 por mujer, aun así la proyección
es que cerca del 2100 la población mundial se estanca en torno a los 10 mil
millones para comenzar un descenso para el próximo siglo.
Estamos viviendo los primeros momentos de una
crisis.