La Princesa de Élboli

Desde la pared me mira la mujer tuerta -la Princesa de Élboli- con su ojo recién puesto y el parche gris de pirata –le molesta profundamente la comparación, debo admitir que se le hago saber cuando discutimos. Me sigue con su ojo, contando mis idas y venidas por el espacio de mi departamento, clamando mayor atención, y discurriendo en lo incomprensible del mundo moderno. Dice que los hombres no son lo que solían ser, que la caballerosidad ahora es simplemente un disparate “amanerado” que no simula la ausencia de preocupación. Le escucho con atención he intento no bostezar cuando me cuenta de sus andanzas con el Señor Rey Don Felipe II, o su intima relación con los miembros de la Corte.
De vez en cuando baja de su altar, me acompaña a comer –le gusta mucho la pizza y la coca cola. En otras ocasiones, cuando el frío y el silencio arrecian, la soledad se marca, las noches se hacen largas, le invito a acompañarme en el lecho, asumiendo mi discreta condición de plebeyo, le hago reverencias, le acompaño gentilmente a mi habitación y dormimos mientras descansa el ojo calido de su solitaria posición.

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