Los señores tecnofeudales y su búsqueda por vencer a la muerte
UNO. La pregunta sobre cuándo estaremos viviendo una distopía, es decir en alguna de aquellas ficciones que describen futuros pesimistas, narradas por escritores e intelectuales, escenarios generalmente grises, de gente ensimismada o bloqueada por la tecnología, en contexto de sobrepoblación -o en nuestra realidad inmediata de despoblamiento tendencial por efecto del “invierno demográfico” o del “baby bust”-, en hábitat degradados o en urbes contaminadas, caóticas y segregadas, en fin, horizontes sin muchas esperanzas para la gran mayoría, es la interrogante del momento en el mundo que habitamos.
También en esos escenarios de anticipación hay castas, clases dominantes,
oligarquías que dirigen y lucran con la frustración y penurias de la población,
la mayoría de las ficciones y narraciones -novelas, cómic, cine, tv, juegos
electrónicos-describen la presencia de grupos identificados como la élite económica
y política que se benefician de las dificultades o conflictos que generan las
interfaces entre la tecnología y los usuarios-consumidores.
Sin ir muy lejos, hoy en nuestro presente existe un grupo de
sujetos que cargan con el rol claro de ser los antagonistas: señores tecnofeudalistas
(del modo como lo señala Yanis Varoufkis) y líderes políticos globales, que de
una manera más o menos desfachatada, incluso cínica, están actuando en la
dirección de ser los principales beneficiarios con las nuevas técnicas, y esto
podrían dar indicios de que ya estamos habitando una distopía.
Esta preocupación ha sido persistente en muchos pensadores y analistas,
considerando los impactos que están teniendo las nuevas tecnologías sobre el
comportamiento social, especialmente la IA, pero en general los soportes
electrónicos que de modo masivo están dominando las interacciones sociales de
miles de millones de habitantes del planeta desde al menos dos décadas. La
autora norteamericana, una de las mayores exponentes de la Futurología Amy
Webb, señala que vivimos un superciclo tecnológico que vincula inteligencia
artificial, sensores avanzados y la biotecnología con un impacto decisivo en
los procesos productivo y las interacciones sociales.
DOS. El 3 de septiembre de 2025, en la celebración de los 80
aniversario de la victoria de China sobre Japón en el marco de la II Guerra Mundial,
y mientras el presidente chino, Xi Jinping, y su homólogo ruso, Vladimir Putin
se trasladaban por la alfombra roja en la plaza de Tiananmen, en un momento
quedó abierto el micrófono se pudo escuchar una conversación que llamó la
atención: "Hoy en día... 70 años… con el desarrollo de la
biotecnología, los órganos humanos pueden trasplantarse continuamente, las
personas podrían rejuvenecer a medida que envejecen e incluso podrían llegar a
ser inmortales", dijo Putin, a lo que Xi respondió: “Las
predicciones indican que, en este siglo, podría ser posible vivir hasta los 150
años".
Aquella conversación explica una preocupación existencial: la
trascendencia como motivación especialmente de personajes instalados en la
altura del poder, no ocultando el deseo de romper con las barreras naturales de
la fisiología que, en una perspectiva teleológica, los posiciona en un
horizonte de trascendencia física, no solo de algún legado histórico.
En esa línea, sobre la posibilidad de ampliar los límites del
sentido de la condición humana, aquella característica que Hannah Arendt inscribe
en la natalidad no en la mortalidad, ampliando el horizonte del sentido humano,
en aquella conversación permite identificar a otro grupo que están preocupados,
esta vez desde la biotecnología, de vencer la barrera de la muerte, al menos
extendiendo la vida por más de un siglo.
La existencia de un selecto grupo de oligarcas tech -los
tecnofeudalistas que operan desde Silicon Valley- que adscriben a un rango
ideológico que se conoce como transhumanismo, posthumanismo, o la versión que
levanta el filósofo Yuval Noah Harari tecnohumanismo, todas como parte de una
descripción de un urgente esfuerzo por romper la barrera de la muerte, o al
menos proyectar la vida por muchas más décadas que la expectativa de vida
general de la población.
En este grupo se encuentran los sujetos más millonarios de la
historia, todos relacionados con la revolución tecnológica, e inversores de
biotecnología a gran escala, nos referimos a trillonarios, que se orientan en
nuevas técnicas y terapias.
Sam Altman Ceo de OpenAI; Peter Thiel inversor de Palantir,
que además tiene el mérito de ser un brillante pensador de esta perspectiva
desde el neofascismo y la noción ideológica de la Ilustración Oscura; Larry
Ellison Ceo de Oracle, que el año pasado alcanzó a ostentar el número 1 como el
más millonario; Sergey Brin y Larry Page de Google; Jeff Bezos Ceo de Amazon, o
Elon Musk entre otros varios. De este grupo uno de los más inquieto sin duda es
Bryan Johnson, que después de realizar algunas inversiones en startups
hace un par de décadas, se ha centrado casi enteramente en biotecnología,
siendo además un verdadero experimento en su propio cuerpo, con marcadores y
mediciones de distinto tipo que controlan cada una de sus funciones biológicas,
con un equipo de científico ha logrado retrasar el desgaste corporal en un par
de década, siendo una de sus terapias más llamativas el usar plasma sanguíneo
de su hijo adolescente.
Si alguien duda que estos esfuerzos no nos posicionan en el
vértice de una distopía, de aquellas más tenebrosas, en que las élites lograrán
alargar la existencia a un punto insospechado, mientras el resto de la
humanidad, el 99,9% de seres, estaremos observando este obsceno esfuerzo por
doblegar la condición humana, que además hoy cuentan con recursos materiales y
financieros prácticamente ilimitados, es escalofriante.
TRES. Puede que alguien piense que esa perspectiva involucra,
como horizonte, a la generalidad de la humanidad, la finitud del ser humano es
algo que ha estado presente en la urgencia de conquistar cada rincón del
planeta, con las consecuencias para el habitad global que todos conocemos, sin
asumir que la mortalidad es un mecanismo de equilibrio en la evolución, no
debiera sorprender, somos un amasijo de materia orgánica, con conciencia, que
se transforma una vez apagados, y como materia sigue un ciclo eterno de
transformación en el universo, el que estos oligarcas pretendan corromper
aquella perspectiva está más cerca de un impulso egoísta que de acto altruista.
Además, parece de perogrullo que en general este selecto grupo
de personajes tiene una perspectiva política concreta y a la vez extremadamente
peligrosa, en sus distintas variantes, son activistas o adherentes de las derechas
más recalcitrantes: neofascistas e
integristas, por lo que sí podemos admitir, estamos en la distopía, y debemos
buscar la forma de resistir, en este punto es la supervivencia de la especia
humana la que está en juego, pues los oligarcas tech y las élites no proyectan más
que su propia trascendencia.


