Viejos o nuevos clivajes, un debate sobre la narración del proceso
Este verano tiene en la idea “Cambio de Clivaje” un concepto estelar del debate político y académico, una hipótesis que pretende explicar el resultado electoral de diciembre, y a la vez señalar una de las características del ciclo en el que estaríamos insertos.
Se ha impuesto en la reflexión pública casi como una muletilla,
una matriz discursiva para el establishment, pues permite construir una
disonancia que se escucha coherente, pero choca con la evidencia que se vive en
la actividad social. Se explicaría como una nueva fisura de la coyuntura
histórica, de la magnitud que fue la dictadura cívico militar.
Cuando las élites repiten que el nuevo clivaje (del francés clivage
o en inglés cleavege, escisión que separa a sectores de la sociedad en
defensores y adversarios de un tema en particular) estaría dado por la
distinción entre: refundación-restauración; poder constituyente-destituyente; o
alternativas apruebo-rechazo, binomios que el politólogo David Altman los ubica
como las nuevas coordenadas que superarían las contradicciones dialécticas
dictadura-democracia, o alternativas si-no, o incluso izquierda-derecha
(columna publicada en El Mostrador el 16 de diciembre último).
El 25 de diciembre Andrés Dockendorff, en una columna de El
Mercurio a modo de respuesta a la propuesta de Altman, señala que desde la
teoría política la existencia de un clivaje requiere elementos que se señalan
como constitutivos de su mecanismo, serían 3: “…uno estructural, donde son observables grupos
sociodemográficos a cada lado de la división, un componente ideológico o
posicional, y por último, un dispositivo institucional, las organizaciones
partidarias…”. Al contrastar estos elementos, la evidencia muestra
la debilidad de la tesis del académico uruguayo, no existen grupos
sociodemográficos que establezcan una relación de cierta identidad con, por
ejemplo, el resultado plebiscitario de septiembre de 2022 que sería el punto explícito
del proceso que muestra este nuevo clivaje. Por otro lado, respecto del
componente posicional, a parte de algunos alardes que se han dado los últimos 4
de septiembre, fecha del plebiscito en que ganó la opción rechazo de la
propuesta de la Convención Constitucional,
para muchos millones de chilenos resuena con más fuerza esa fecha pero de 1970,
como el momento del triunfo popular de Salvador Allende, y respecto de la
expresión en la institucionalidad de organizaciones políticas, y por lo
reciente del proceso, el que los mismos partidos políticos que apoyaron la
opción rechazo en el plebiscito de salida, y luego hayan votado por el ganador
de la elección presidencial de diciembre, tiene más sentido como una
continuidad coyuntural, pero asignarle otra significación es a todas luces
exagerado.
El esfuerzo por instalar esta hipótesis se observa urgente de
parte de las élites de derecha, potenciados por medios de comunicación: lo
sitúan por sobre cualquier consideración, pero al realizar un análisis más
pausado parece más parte de una disputa por la narrativa del periodo que de una
verdadera escisión de época.
La idea de que existe un hito histórico de tal magnitud, que
es capaz de explicar y ordenar la acción política -expresada en las elecciones
desde el 2022 en adelante- parece de todas formas forzada.
El clivaje que ha ordenado este último medio siglo ha sido
dictadura-democracia y consecuentemente el binomio del plebiscito de 1988 Sí-No,
pero que en su descripción más profunda es expresión de la lucha popular por
democratizar Chile, es la labor de miles de militantes y activistas de derechos
humanos que arriesgaron sus vidas en aras de salir y derrotar la dictadura, por
lo que ese legado sigue ordenando la acción del mundo popular, y la política.
Incluso, en un trasfondo estructural, las placas tectónicas que determinan la
disputa histórica sigue siendo la relación capital-trabajo, la posibilidad de profundizar
en los mecanismos de explotación capitalista es aún la gran fuerza que
determina el clivaje de nuestra era.
Nadie explica, en un sentido cotidiano que alguien es del
rechazo o el apruebo, y a partir de esa descripción se asuman como tales. Hace
30 años Tomás Moulian escribió: “Considero al Chile Actual como una
producción del Chile Dictatorial…” (Lom, 2017) una afirmación que a pesar
del tiempo, con frustración, no hace sino confirmarse, pues como el mismo autor
logró situar, lo que vivió la sociedad chilena fue la revolución capitalista de
profunda y duradera vigencia. Usando las mismas coordenadas discursiva, un
clivaje como el que se fundó en la dictadura, y que se proyectó en la etapa del
pacto transicional que profundizó el sistema, solo se invierte con otro proceso
de transformaciones que pudieran marcar aquello que vivimos permanentemente: el
neoliberalismo.
La categoría que se está imponiendo, “nuevo clivaje”, parece a
todas luces un recurso que disputa la narrativa del proceso que se vivió desde
octubre de 2019, proceso en el que el mundo popular, y sectores precarizados de
las capas medias y profesionales, han sido orillados de los “veneficios” del sistema,
asumiendo el papel de la mano de obra que mueve y permite la riqueza de los
sectores que detentan el poder y el control. Ese periodo, de costos humanos y
colectivos, fue una muestra de las fuerzas que buscan extirpar definitivamente
con el legado de la dictadura, y que en la actual etapa en la que entramos desde
marzo, no harán más que continuar acumulando frustración.

