Un tarde cualquiera.

Jústamente se trata de eso, de la manera en que se mezclan los hechos y forman historias y me refiero a la de las personas, es decir las biografías son sucesión de hechos, anécdotas que al final del día forman nuestro acerbo.


Me mira desde el sofá, tendida como una manta que cubre la piel del mueble dándole una nueva vida al objeto inanimado. Me mira y desde mi rincón siento su olor, lo tengo clavado en las fosas nasales y quisiera que no me inquietara. No creo que la sinestesia se propague como un virus –nunca he tenido esa capacidad- es decir, pienso en su aroma y la boca se me llena de sabor.
Me mira y me doy cuenta que es profunda como el espacio entre dos constelaciones, con tiempo implacable que pasa y deja huella. Se va, se consume en un instante, y el esfuerzo no nos deja descansar.
Qué será lo que quieres de mi, le digo finalmente. Nada más que me sostengas, un momento mientras cuento mis pasos, mis pocos pasos que he dado este día.
No es mucho, le contesto.
No creas, la masa y el tiempo no son constantes en mi universo. Puede que en ese intento pierdas.
Me resigno a perder, solo por saber que en el acto de sostenerte puedo descubrir algo que responda, si el fin de cuentas todos pasamos por este mundo para encontrar respuestas y créeme que las he buscado, cada mañana pienso en la posibilidad de la clarividencia, que una esquina de la ciudad me tope de pronto con todas las ideas en un solo instante, la totalidad que hablaban algunos filósofos o Borges.
Nada, nada –me interrumpe- no creas en esas moralejas trasnochadas, solo quieres divertirte, pasar por este estado llamada vida sin sentir eso de soledad, no creas en todo lo que dices, que las palabras construyen mundos que te pueden devorar en un bocado… y sabes que tienes especto de manzana y cuando te muerdan te va a doler.
Lo sé, lo sé. ¿Me puedo recostar a tu lado?
Abrió su brazo y me contuvo suave entre sus pechos y sentí que en ese momento mi corazón se dejó acariciar.
Quiero la eternidad de este momento, le digo. Siempre será eterno, solo tienes que recordar… es tu acerbo.

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