T.S. Eliot y el transito... una disgresión forzada.

UNO. En algún momento entendemos que somos sólo y exclusivamente transito. En la existencia de la materia transitamos de estados, recordamos esa máxima de la física que dice que estamos constituidos de polvo de estrellas, de la misma sustancia fundacional del universo. Por otra parte, en la vida transitamos decenas de veces en los afectos de los otros, quedando registros y memoria, una estela de hechos que le dan significado al ser.
Lo digo a propósito del muchas veces comentado poema de Eliot “La canción de amor de J. Alfred Prufrock”. En una libre interpretación de una resignificación, un hombre mira y habla con otro, que es él mismo, sobre el paso del tiempo y el amor como fundamento que moviliza. Y en ese instante su descripción dice que es transito, suponiendo que vuelva sobre sus pasos, mostrando la fuerza de la memoria que trae las calles y callejones construidos en los recuerdos.
Somos transito, y eso lo tendremos que evidenciar en el último aliento de nuestra vidas cuando cansados ya de caminar supongamos que nuestros actos han marcado. Somos transito en el amor de otros, en los pasos que dan en dirección de sus destinos, suponiendo esta vez que la compañía que hemos aportado signifique algo en otros.
Somos transito, una estela en la vereda de la existencia de decenas que hemos conocido, en la superposición de nombres, rostros y momentos. En la distracción definitiva del acto aquel, el íntimo en que compartimos nuestro aliento con otro que finalmente va ha continuar su camino.

DOS. Quisiera ser estaca, un firme derrotero de mi propia existencia y de esta manera contenerla a ella. Quisiera que me llamara, que me citara a su lado, que me nombrara tres veces, que a la segunda ya estaría feliz cumpliendo sus deseos.
Quisiera que me invocara con el pensamiento, como cuando se trae con la memoria un instante, ya no transitorio, sino presente siempre por que es indicio de la necesidad, de la particular manera que tenemos para construir vínculos con otros a partir del sentimiento de pertenencia, mintiendo a la naturaleza dura de las cosas cuando nos aclaramos en la transitoriedad de la existencia.

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