Nueva Reforma Apostólica (NRA) y la ultraderecha en Latinoamérica
UNO. "La única lucha que se
pierde es la que se abandona" es una frase que se la tribuye al Che Guevara.
Expresa algo del presente en nuestro continente, un desafío inmenso y complejo para
el mundo popular y progresista, resistir el avance arrollador de la
ultraderecha en Latinoamérica y el mundo.
A principios de año existían en Sudamérica 4 administraciones
que respondía al arco de gobiernos de izquierda: Colombia, Uruguay, Brasil y
Venezuela -este último con una profunda crisis de representatividad que se ha
devaluado en un gobierno proxis de EEUU.
Al cierre de esta columna conocemos, con algo de sorpresa, el
resultado de la primera vuelta presidencial en Brasil en un sentido distinto de
cómo se proyectaba: 47% para Flavio Bolsonaro contra 45% de Lula da Silva. Con
este desenlace las expectativas para la segunda vuelta, que se realizarán el 25
de octubre, no son auspiciosas pues analistas señalan que por la magnitud e
historia del comportamiento electoral de Brasil, es casi imposible revertir el
resultado, por lo que sepulta la penúltima experiencia progresista para
Sudamérica, solo queda Uruguay gobernado por Yamandú Orsi del Frente Amplio.
Además, estas semanas de campaña mostrará todo el poder de la intervención
norteamericana, junto a las ultraderechas continentales y de los tecnoligarcas al
manipular y asegurar el triunfo de Flavio Bolsonaro, un delincuente de la peor
calaña, algo que coincide en los liderazgos de las derechas.
En este punto parece oportuno avanzar en la comprensión de lo
que está ocurriendo en el país carioca, entender de qué manera una gestión que
estaba dentro de los márgenes de una correcta administración reformista, con
cifras macroeconómicas sobre la media de la región, con una avanzada red de
políticas de redistribución, y compromisos internacionales que deberían ser el
orgullo de resistencia ante el intervencionismo norteamericano y su infame Doctrina
Monroe/Donroe, está a punto de ser conquistada.
En la edición de septiembre de Le Monde Diplomatique, aparece
un análisis de la coyuntura en Brasil del académico Rodrigo Nunes, citando al
cientista social Gabriel Feltran, aporta algunas claves. En lo sustancial describe
que el “bolsonarismo” es un movimiento con características interclasista que se
inserta en la política de Brasil desde tres matrices discursivas, con distintos
niveles de interpretación para cada grupo social, es decir, para la oligarquía
y burguesía tiene significados distintos que para los sectores medios y
populares pero convergen en la posibilidad de adscribir al liderazgo del clan
Bolsonaro: i) militarismo policial (apoyo a las policías y uso extrajudicial de
la fuerza); ii) emprendedorismo monetarista (ethos del emprendedor en sí
mismo); iii) antiintelectualismo evangélico (rechazo a la ciencia y a la
educación formal a favor de la religión y de la experiencia personal).
Con este marco quiero detenerme en este último aspecto, el de
la relación de las confesiones evangélicas y su vínculo con la ultraderecha en
Latinoamérica. Creo que esta dimensión es transversal y se observa en cada uno
de los países donde hoy son gobierno.
DOS. El periodista español Javier
Cavanilles sitúa, en EEUU el momento de la síntesis entre cristianismo y la derecha
radical, esta emergencia se conoce como Nueva Reforma Apostólica (NRA) o
Neoapostolicismo, movimiento teológico que surge como expresión marginal
del supremacismo cristiano de derecha en la década de 1960, pero es desde la
década de 1990 que logra encumbrarse como expresión política que se adosa al
programa de poder a líderes republicanos y grupos reaccionarios, siendo su
momento de mayor incidencia desde el primer mandato de Donald Trump en 2016.
Este movimiento vincula teológicamente pentecostalismo
(enfatiza la relación personal con Dios), evangelicalismo (cristianismo
protestante que predica y difunde a nivel mundial el evangelio), y mandato de
las Siete Montañas (ideología ultraconservadora de carácter carismático
-enfatiza los dones espirituales y el Espíritu Santo en la vida cotidiana).
Esta matriz, es paralela al proceso de misioneros cristianos que disputó a la
iglesia católica y la teología de la liberación, desde la década de 1960, a los
movimientos políticos de emancipación, proceso que está ampliamente documentado
como una operación ideológica y política que desplegó EEUU para contener el
avance de las corrientes marxistas en plena guerra fría, existe un
enfrentamiento en torno a lo que se puede llamar cristianismo social y
cristianismo conservador.
El historiador Michael Cangemi señaló en una tesis sobre este
tema: "La CIA creó el evangelismo latinoamericano para destruir la
Teología de la Liberación.". Este punto es desde donde se proyecta
históricamente este fenómeno: la consolidación evangélica en Latinoamérica. Al
trabajo misionero para ampliar su presencia, se debe sumar la crisis que vive
la Iglesia Católica, y que en torno al 2000 se transformó en un verdadero
cisma, impactó en el crecimiento, según cada país, fluctuaba entre el 5% y el
20%, llega a ser hoy una presencia destacada, por ejemplo, en Brasil un 27% de
los electores se declara cristiano evangélico.
La presencia del cristianismo en el continente es de larga
data, desde el siglo XIX, pero operan dos cambios históricos en su orientación,
en la guerra fría, y luego en nuestro siglo, y se puede expresar en las
siguientes etapas:
i)
Protestantismo misionero estadounidense (siglo XX);
ii)
Pentecostalización latinoamericana (desde mediados
de siglo XX);
iii)
Evangelicalismo conservador anticomunista (desde
la década de 1960);
iv)
Neopentecostalismo (desde la década de 1990);
v)
Neoapostolicismo / Nueva Reforma Apostólica (desde
el 2000).
TRES. Hay que realizar una distinción
para dos formas que están emparentadas, pero tienen matices que son útiles para
entender este fenómeno.
Neopentecostalismo es la corriente teológica que transforma la
experiencia pentecostal mediante prosperidad, sanidad, guerra espiritual,
liderazgo carismático y medios de comunicación, pero es el Neoapostolicismo o
Nueva Reforma Apostólica la que agrega a ese universo una estructura de
autoridad religiosa, basada en apóstoles y profetas, y desarrolla con mayor
claridad una concepción de transformación y conquista de las instituciones políticas.
Los pastores dejan de ser parte de una comunidad en el sentido
que se practicó en el siglo XX con las iglesias evangélicas. Ahora el pastor es
un profeta, un agente que se comunica directamente con Dios, sin otra mediación
que sus propios dones, y es por lo tanto la voz de Dios. Por otro lado, la
experiencia de cada creyente es personal, el acto de salvación es individual
por lo que se rompe la tradición de las iglesias evangélicas que dominaban el
panorama previamente en el continente hasta finales del siglo pasado.
El lunes posterior de la primera vuelta, se difundió un reel
de comentaristas que contaban que algunos electores de sectores populares
expresaban el agradecimiento a la gestión de Lula, pero que su pastor le pedía
el voto para Bolsonaro. Esta idea es coincidente con los elementos que se
pueden observar de la ideología que expresa el Neoapostolicismo. Desde los
noventa el discurso político del supremacismo cristiano se empalma con los
cristianos de Latinoamérica, aportando una dosis de sofisticación teológica y
los empodera como fuerza política.
Los cristianos de derecha son ya una presencia insoslayable,
actores políticos que operan como fuerza de choque y presencia que proyecta el
programa de ultraderecha y deben ser disputados, con alianzas amplias que
incluso deberían ser con otras formas de cristianismo de mayor compromiso
social. Ejemplo en Chile fue el papel de la Iglesia Metodista y el movimiento
ecuménico que desplegaron en compromiso con el mundo popular y los derechos
humanos. El desafío es luchar, pues perderemos solo hasta que abandonemos
nuestro compromiso por los cambios.


