La tía Mané y una tarde de almuerzo dominical

Todos tenemos una tía facha en la familia (dirán lo mismo las familias fachas que tienen un integrante rogelio entre ellos).
Esa en mi caso es la tía Mané. Es linda, muy refinada con sus historias de los viajes que ha realizado por Europa, sus años en España y la sofisticación y refinación de otras culturas muy superiores a la nuestra, dice ella mientras cuestiona las formas en el comportamiento de la gente, y entrega un ejemplo extraño. Le desilusiona ver a Cecilia Morel con gestos ordinarios que dicen tantas cosas de su persona. Ella admira los formas de Bachelet (tal vez piensa que con todo aquello se congracia conmigo sin entender bien que una persona de izquierda no está de acuerdo con una socialdemócrata como Michelle).
El asunto es que esta tarde de domingo nos reunimos a la hora de almuerzo como lo hacen millones de familias en todo Chile, y probablemente comentaron los últimos acontecimientos de nuestra entretenida e intensa realidad de movilizaciones y debates sobre lo pertinente de tal y cual reivindicación.
Discutimos animadamente, con tía Mané, sobre el fin del lucro. Ella piensa que toda actividad humana debe estar unida a la posibilidad de reditúo que incremente el patrimonio del gestor de una iniciativa. Yo le respondo que sin la existencia de formas de ayuda desinteresadas (igual mido mis palabras para que la pobre tía no me considere un energúmeno subversivo) la historia humana no habría logrado algunos avances evidentes como los juegos de azar, la beneficencia cristiana o los realitys shows. Fuera de broma me para en seco y me reprocha que esos últimos son programas de televisión y que buscan legítimamente el lucro.
Le respondo que es así, una industria de entretención que lucra y aporta a la refinación de la cultura de un pueblo –no puedo evitar el sarcasmo con mi bella tía-, y que la educación en el marco de nuestro sistema económico también concibe el lucro, en este caso como una oportunidad de prestar un servicio regulado por el mercado y tiene los mismos fines –desde el punto de vista de los beneficios para el gestor- de un show televisivo.
La tía Mané me mira con cara de no entender bien. Tal vez le estoy intentando tomar el pelo con una especie de trampa léxica.
Si un show televisivo (que también es un ámbito donde originalmente se concebía como una actividad no lucrativa de profundo sentido cultural y de difusión del conocimiento y por eso la participación de la universidades en él) hoy está entregado enteramente al lucro (ganancia o provecho que se saca de algo) deberíamos entender que quienes prestan un servicio de educación también pueden sacar una ganancia de aquello con las reglas que se manejan en un programa de televisión.
Piensa nuevamente mi tía. Si, puede ser que ambos productos no se comparen, pero es justo que si un sostenedor, o el gestor de una universidad arriesgan un capital para instalar una facultad quiera ser redituado por esa actividad.
Y por qué no instala una productora, o un canal de televisión o una discoteca.
Le agrego porque además tiene reconocimiento e influencia social que es distinto a tener un programa de realitys shows o una quinta de recreo.
Por eso hoy hay tantas universidades y liceos, porque es un buen negocio y tiene un cierto prestigio social.
Lo que reclaman los estudiantes es que las cosas adquieran sentido común. No todas las actividades humanas, y sus satisfactores, pueden estar amparadas por la lógica del mercado, que eso hace que se produzcan esa infinitas asimetrías y desigualdades que solamente las puede empatar los recursos personales de cada individuo.
Llegamos al postre. Mi madre mira por la ventana y comenta lo corta que fue la temporada de invierno y que probablemente este verano será muy caluroso.
Mi tía comenta sobre ese cuento del calentamiento global.
El postre no alcanzó para todos en la mesa.

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